Soy introvertido, quizá no el más
introvertido de todos, pero tampoco el menos; es un espectro a fin de cuentas, no todos lo somos por igual pero lo soy y en ocasiones es difícil. No solo para mí sino para
aquellos que me rodean, que interpretan la “falta de ganas para las cosas” como
algo que está mal. Y es que soy de ésos que esperan que los compromisos se
cancelen, se van temprano de las fiestas, no conviven en grupos de extraños, no
se aprenden nombres, no buscan ni frecuentan a sus seres queridos, odian las
llamadas por teléfono y mensajes de voz, aman el silencio y la contemplación y
buscan la compañía de solo unas cuantas personas, las mismas de siempre, todo
el tiempo. Soy de esos que tienen pocos
verdaderos amigos, los dispuestos a entender que no es falta de amor, sino solo
una forma de ser. De ésos que quisieran que la vida no cambiara tanto para no
tener que improvisar y volverse a adaptar… Y eso me ha costado el cariño y
respeto de mucha gente que no pudo ver más allá de una simple falta de interés.
Es verdad que puedo parecer
distinto, que habrá gente que sepa que no me para la boca y que puedo reírme y
divertirme y hasta ser el centro de atención por momentos, justo como mi padre
hacía, pero ahora les digo que detrás de ello está un gran amor por esa gente
con la que sí nos sentimos cómodos, o un gran esfuerzo, a veces un enorme
esfuerzo, por parecer “normal” entre aquellos que no conocemos bien. Es ese
esfuerzo del que quería hablar, algo que todos hacemos para unas y otras cosas,
unos para sacar adelante su empresa, otros para tener un buen matrimonio, otros
para terminar sus doctorados, otros para siquiera seguir viviendo; mientras la
razón sea noble, esos esfuerzos suelen ser celebrados, aplaudidos, e incluso en
ocasiones envidiados. Bueno, hablemos de ese esfuerzo; de ése que tuve que
hacer desde niño para lograr sentirme “normal” porque lo normal no es ser
introvertido, sino caer bien y mostrar interés y ser efusivo y convivir con el
prójimo con una sonrisa en el rostro; ese esfuerzo que está siempre ahí, en las
pequeñas cosas que en ocasiones no ves, como el seguirte saludando, seguir
sonriendo, seguir estando, seguirme adaptando a tu personalidad cuando lo más
fácil sería no preocuparme por mostrarte que me caes bien y quizá incluso un
día hasta poder vernos para charlar y tomarnos un café o ir al cine, o estar
ahí el día de tu cumpleaños cuando no conozco a nadie más en tu festejo. Ese esfuerzo
de aceptar que uno no les agrada a todos, a veces ni siquiera a aquellos que sí
te agradan a ti, y que debes aprender a lograr que se queden, yendo lejos, muy
lejos de tu zona de confort. Hablemos de eso un día, al menos un poco, de vez
en cuando, para de vez en cuando sentir que ser introvertido también puede ser
lo normal.
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