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Imala

 Pues llegó mi bicicleta, le cambié los pedales, me compré luces delanteras y traseras, el casco, una bolsa, un portabotella, la botella y me fui a experimentar. Los primeros momentos son los más críticos. A mis 42 años después de décadas de andar en bicicleta de manera regular, tuve miedo. De todo, de caerme, de que me atropellen, de los perros, de verme ridículo con mi casco y mi exceso de precauciones, pero todo salió bien.

Luego llegó el domingo. Un buen conocido, amigo, vecino, de apenas 16 años, me invitó a tomar el camino rumbo a Imala el sábado por la mañana. La idea nunca fue llegar a Imala, sino solo a una bifurcación a menos de 10 km de casa y volver. Las subidas aún en ese tramo pequeño son algo para lo cual prepararse, pero aguanté. Aguanté tan bien que decidimos seguir y después de un rato, seguir por un rato más hasta que me encontré a los pies de la larga subida antes de llegar a Imala. La subí con esfuerzo pero sin grandes problemas... Luego la bajada. Como era de esperarse, mi compañero la bajó a toda velocidad, era su premio, para eso estaba ahí y por eso me había esperado en todo el trayecto, cuando en cada subida yo me quedaba atrás por buscar un ritmo más tranquilo que me permitiera completar la jornada. Detrás de él, solo me atreví a ir muy muy muy rápido, pero no tanto como él, aferrado a los frenos y a mi deseo que todo funcionara en mi bicicleta. Funcionó. Llegué al tope que recibe los autos en la entrada de Imala y lo había logrado. Estaba en Imala, la foto a la iglesia era obligada, a descansar un rato y a pensar en cómo lograr subir de regreso esa bajada que ahora era una terrible subida. La más terrible que me ha tocado subir en bicicleta.

Esa noche me despertó un calambre igual de terrible y si no fuera por qué a los hombres de mi época nos enseñaron a no llorar... 

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