Conocí a Phoebe en uno de los mejores momentos de mi vida
y aunque en retrospectiva me parece increíble, todavía faltaba lo mejor. Con
ella visitaba las Riberas casi a diario, llenaba Youtube e Instagram de fotos y
videos de sus aventuras, aprendía mimos y juegos nuevos y pronto ya dormíamos uno
pegado al otro en nuestra cama. Fue ella la que nos hizo querer más perritos y
cuando otros llegaron a la casa (muy a pesar de su inicial egoísmo), aprendió a
convivir e incluso se encargó de educarlos con el ejemplo. Era un amor y aunque
tenía su temperamento, bastaba con una caricia, un premio, un rato de tu
atención, para tenerla feliz.
En el mundo existen una infinidad de perros, todos con su
carácter, su personalidad, todos con sus costumbres y manías, todos con la
capacidad de amar de una manera que no tiene comparación y perdónenme por este
cliché, pero estoy convencido de que son unos angelitos sin alas que el Señor
nos ha enviado con el único propósito de hacernos compañía, de hacernos sonreír
para luego extrañarlos y revivirlos en cada anécdota por el resto de nuestras
vidas.
No dejo de pensarte, mi Phoebe, no dejo de extrañarte y
ojalá pudiera decirte todo lo que has significado para mí. Quisiera poder
decirte que más allá de las lindas palabras que le dedicamos a nuestros muertos,
lo que siento por ti es un profundo respeto. Respeto por un ser que se siente
más sabio que todos, más fuerte que todos, más noble que todos, tanto que cada
vez que llegaba un nuevo perrito a nuestras vidas, yo ya era un mejor padre de
lo que fui antes y aquí me tienes deseando entre lágrimas que ojalá te hubiera
conocido hoy o acaso dentro de mucho tiempo, cuando después de muchos más años
de práctica, al fin logre ser para ti el padre que desde el momento en que te
conocí ya merecías.
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