Al principio era solo una sombra pequeña que nos seguía por
el parque. Una linda cachorra beige de patas grandes y lengua rápida con un hermoso
collar turquesa; un buen indicio de que alguien la esperaba de regreso en
casa.
Mis
perritos, Phoebe, Coco, Estrella y Dante jugaban con ella, aunque pronto se
cansaban de su insistencia que no conocía límites. Yo la veía correr alrededor,
casi con torpeza, como quien no sabe medir todavía la intensidad de su cariño. Al principio traté de hacerme indiferente pero con el tiempo aprendimos a
esperarnos.
Hasta
que un día creció y regresó al parque sin collar, como si hubieran decidido
arrancarle no solo el nombre, sino el derecho de pertenecer. Era feliz aún
entonces, ignorante de que sus antiguos dueños la habían soltado a su suerte y
la veíamos caminar sola, pero no del todo, por el vecindario. Y aunque en
ocasiones le perdíamos el rastro, siempre encontraba el modo de alcanzarnos.
Fue
entonces que empezamos a dejar un poco de comida afuera. La perrita comía agradecida
y al tiempo llegaba acompañada de otros como ella. Tenía esa generosidad de
invitar incluso en la escasez, como si el hambre no pudiera quebrar siquiera un
poco su nobleza.
Una mañana, antes de irme al trabajo, la vi llegar distinta.
Cojeaba. Una de sus patas parecía quebrada y, aun así, buscó alegre mi mirada.
En esos ojos había un dolor sin queja, un amor desinteresado que no necesitaba
palabras. No lo pensé: la llevé al veterinario y ahí se encargaron de todo.
Después de la operación le recomendaron diez semanas de reposo. Diez semanas
para un perro que no sabía quedarse quieto.
Durante ese tiempo la casa cambió. Aun lastimada, buscaba a
mis perritos para jugar, para seguir perteneciendo a un mundo que la había
rechazado. No importaba el dolor, no importaban los tornillos que abrían su
piel viva: su alegría era más grande que la herida y poco a poco, su lugar en
la calle se fue olvidando.
Hace años de esto ya. Sofía sigue en casa con nosotros y
cuando la miro, no dejo de pensar que lo mejor que le pudo haber pasado fue ese
accidente. No el dolor, no la fractura, sino la forma en que ese amor
incondicional, esa simple alegría de verme, la trajo de regreso a mí el día en
que más lo necesitaba.
A menudo me pregunto quién rescató a quién. Porque si bien Sofía ya no
duerme en las calles, tampoco yo soy el mismo de antes. Su llegada, con todo lo
que tuvo de azar y de tragedia, me dejó una verdad innegable: algunos
encuentros están escritos en el revés de las pérdidas, en un lugar secreto y
mágico donde irremediablemente el abandono se transforma en un hogar.
Comentarios
Publicar un comentario