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Se vuelve infinita

 

Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar.

Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche.

Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no va a soportar. No si su cuerpo no gana fuerza con un milagro y un par de bolsas de sangre fresca.

Eso esperamos, un milagro.

Mi esposa me espera en casa. Nos espera a los dos. Mi hija apenas pasa del año y no podrá recordar a su abuela. Le queda su calor acaso, el espejismo de un millar de fotos, su voz atrapada en el bucle eterno de mis videos.

No dejo de pensar en el día que la ingresaron. Hermosa y esperanzada, con la promesa de un café, una charla y volver a jugar con mi niña. No quiero olvidar ningún detalle de ella, pero sé que más seguro que el recuerdo es el olvido. Ese es inevitable y es lo que me arrastra con ella.

Y mientras aguardo me invade la angustia, la impotencia de saber que hubo un error en todo esto. Del cirujano que no volvió a dar la cara, que desapareció como un cobarde y ahora debe estar en la playa como si hubiera cumplido con la hazaña de salvar a mi madre. Imagino buscarlo, quebrarle las piernas, que suplique al cielo y entienda al fin mi dolor. Pero me detienen mi hija, mi esposa, mis cuarenta y cinco años de vida intentando hacer lo correcto y que al final del día, odiarlo solo me consume a mí.

¿Y qué sentido tiene todo esto? ¿De qué sirven la vida, la muerte, la venganza? Si la muerte es la liberación de las almas, ella es libre, rodeada de los suyos. Si al contrario, es la total aniquilación de la conciencia, no importará lo que piense, solo quedo yo, con todo lo que me enseñó, contra el mundo. Pero ella era la mayor parte de mi mundo.

Quisiera hablarle como en Comala. Como si la muerte no rompiera el plano. Que su voz se deshiciera de este presente y poder platicar hasta que el trinar de las aves nos indique el amanecer.

Luego me enojo con la vida, conmigo mismo, con la impotencia y pienso que quizá el destino hubiera sido igual en un accidente, con un derrumbe o en otra catástrofe.

Mamá, perdóname. Perdóname por lo que no supe hacer. Perdóname por no detener lo inevitable. Ahora mismo siento que te pierdo y a la vez que una gran parte de mí se va contigo.

De pronto imagino que me elevo a otro plano, lentamente me hundo en otra dimensión donde ya nada tiene sonido. Los cuerpos flotan como burbujas, mis pensamientos nadan como peces de luz. El dolor se disuelve en una voluta de humo. Podría quedarme allí y olvidar, pero necesito sufrirlo. El dolor es el último lazo que me une a ti. Si no me destroza el alma, ¿cómo sabrás que fue real?

Entonces la veo. Su cuerpo enaltecido, su figura de luz, sus manos me acarician y me dice: “No vas a fallar, hijo. La vida nos hiere, pero por amor seguimos. Ese amor es tu deuda conmigo”. Yo me hundo en su mirada colmada de ternura. Solo entonces recuerdo que ella vivió a través de la pérdida de sus padres, de su hermana, de su marido y aun así me sostuvo brazos, me dio pan, me dio casa, me dio risas; me mostró la alegría de lo sencillo y a medida que su figura se desvanece, me aferro al milagro.

Pero el milagro no llega. Lo sé antes de escuchar la noticia. Mi hermano menor se acerca con el rostro vacío. No necesita decir nada. Me abraza y el mundo se derrumba en silencio.

Flotamos juntos en un río de resignación. Solo la muerte nos habla: ya está hecho, ya está en paz.

Cierro los ojos y siento mis latidos de nuevo; escucho mi respiración. Sé que me toca seguir adelante, como si cada paso lo diera sobre su tumba, pero ahora comprendo que aunque en ocasiones hiere, la muerte de un ser amado no borra la vida: la vuelve infinita.

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