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Entre las rendijas del tiempo

Después de una terrible inundación que había devastado su colonia, Carolina y Alberto buscaron refugio en la casa de los abuelos. La enorme casa de la familia estaba vacía desde que los hijos y los hijos de los hijos se fueron y los muertos ocuparon su lugar entre sus ancestros, y solo unos cuartos en medio del jardín servían su propósito.

Los abuelos los recibieron con gusto, más aún porque con ellos iba Emma, una hermosa niña de cabellos ensortijados y mirada despierta que desde el primer día se echó a andar por todos los rincones de la casa.

Emma era curiosa y valiente. Le gustaba andar por los pasillos largos, por las escaleras que crujían bajo su peso, pisando suavemente sobre la punta de sus pies, abriendo puertas y cajones, siempre acompañada de sus padres o con el abuelo, que parecía no conocer el cansancio, y pronto no quedó rincón alguno que no conociera, o al menos, eso creían hasta aquel día en que la niña, siguiendo una pista invisible, entró en el viejo estudio.

Su madre, Carolina, no había estado ahí en años y cuando cruzaron el umbral, los recuerdos cayeron sobre ella como una andanada de rostros, de aromas y nombres que ya nadie decía.

Todo seguía ahí tal como lo recordaba. Los muebles bajo las mantas llenas de polvo, los libros esperando en las repisas y más allá, el rincón donde acompañada de su hermana Clody y sus primos Alejandro y Tony jugaban a llamar fantasmas con la Ouija.

Carolina sonrió melancólica. Recordó claramente aquellas veces que su hermana le contaba que la casa estaba embrujada, solo para verla llorar y huir despavorida.

Sin embargo, Emma no sabía nada de esas historias y reía entre recuerdos, sacando del olvido discos de vinilo, cassettes con olor a sol viejo, negros rectángulos en Beta y VHS, cámaras oxidadas, lámparas que titilaban con luz vencida y álbumes de fotos que el tiempo amarilleaba sin afán de recordar.

En eso estaban cuando de pronto, la niña corrió hacia un ventanal cerrado casi por completo y solo unas rendijas por debajo permitían el paso de la luz, justo a la altura de su cara. Emma se inclinó, miró entre las sombras, y como acostumbraba hacer a solas, empezó a hablar. Reía, gritaba, como si alguien del otro lado le respondiera e incluso, en algún punto, la vieron alejarse del vidrio, quedarse quieta, y luego volver apurada como si la hubieran llamado por su nombre.

Divertidos con el descubrimiento, se quedaron a jugar hasta que se hizo tarde y se fueron juntos a descansar.

Pasaron los días. Luego las semanas. Después, un par de meses que se fueron con las aguas. Emma seguía jugando por toda la casa, aunque el estudio parecía llamarla siempre con más frecuencia. La niña apenas entraba al cuarto buscaba el ventanal. A veces charlaba junto a él en voz baja, otras solo lo miraba como si esperara una respuesta. Había días en que reía y otros en que su rostro se nublaba como si algo intangible la hubiera asustado.

Sus padres sabían que algo extraño estaba ocurriendo, perro nunca le dedicaron un pensamiento más una vez que se retiraban de la habitación.

No fue sino hasta una noche en que llegaron tarde a casa después de algunos compromisos, que empezaron a entender. Aquella vez entraron por la cochera, y en cuanto bajaron del auto, Emma se apartó de ellos siguiendo un camino que nunca había tomado. La vereda llevaba hasta la parte trasera de la casa, donde el muro del estudio colindaba con una fuente y un jardín olvidado. La niña, que no conocía la zona desde el exterior, encontró su ventanal favorito y con él, las mismas rendijas por donde tan solo la noche anterior  miraba el mundo. Se agachó con una sonrisa y comenzó a hablar con el aire, a reír, a gritar con la misma alegría de siempre.

Sus padres la observaban a lo lejos, enternecidos, pero cuando se acercaron para decirle que ya era hora de dormir, vieron algo que les cortó el aliento: del otro lado del vidrio, alguien la miraba.

Asustados, se abrazaron de su niña, se acercaron al ventanal, mirando con cuidado y entonces la vieron.

Del otro lado estaba Emma, pero no la de ahora —no la que preguntaba qué es lo que pasaba entre sus brazos—, sino la otra, la pequeña de aquella primera tarde, cuando descubrió el estudio por vez primera.

El tiempo parecía haberse doblado sobre sí mismo y frente a ellos su hija jugaba consigo misma, riendo, hablándose, sin entender la imposibilidad de que una fuera el mismísimo reflejo de la otra.

Sus padres se quedaron inmóviles, entendiendo de golpe que todo era imposible y de inmediato alzaron en brazos a la pequeña, se dieron la media vuelta y se fueron a dormir pensando que quizá solo era en verdad su reflejo y el cansancio del día les había jugado una pequeña broma.

Pasaron los días y Carolina no se quería quedar con la duda. Entonces decidió buscar la verdad por sí misma. Cruzó la casa entera, abrió las puertas del estudio de par en par, y se asomó al ventanal desde el interior, pero no vio nada. Solo un poco de polvo sobre el cristal y el mismo silencio de siempre.

Hasta que Emma llegó tras de ella y al asomarse, empezó a reír de alegría.

Entonces su madre lo vio. A través del ventanal estaba la otra Emma, la de aquella noche en que llegaron tarde y se metieron a casa por la cochera, y detrás de la niña estaba ella misma tomada del brazo de Alberto, tal como habían estado: con unas cuantas bolsas de mandado y a punto de descubrir una verdad que hasta entonces no los había llevado a ningún lado.

Pero no era solo eso. Por otra rendija pensó ver a sus padres. Ajustó la mirada, se acomodó en el suelo y se sentó a observar. Ahí estaban, eran ellos, aunque jóvenes todavía. Esa vez llegaban a casa de sus abuelos, Emilio y Magui —los bisabuelos de Emma— que los recibían sonrientes y más que todo, vivos, diciéndose unas cuantas palabras de amor en un sentido abrazo.

Luego se asomó a través de otra rendija y vio todo lo opuesto: las peleas de antes, la voz áspera del abuelo, la explosión de su padre, esas discusiones que en ocasiones ocurrían y parecían no terminar nunca.

Pensó que quizá era eso lo que había escuchado Emma aquella vez.  Esa voz profunda y regañona que venía de lejos, de aquellos días de juventud arrebatada de su padre que defendía sus ideales por encima de la sangre misma, y la niña, asustada por ver a su abuelo tan enojado, se alejó.

Carolina se quedó en el suelo, maravillada con su descubrimiento y cuando pudo salir al fin de su sopor, habían pasado varias horas. Emma ya estaba dormida sobre sus piernas. Entonces tomó a la niña en brazos y salió a prisa por Alberto para contarle de todo lo que estaba sucediendo.

Juntos descubrieron que el estudio no era el único que guardaba historias, sino que los ventanales del balcón guardaban una imagen vieja de la ciudad y otra que habrían de conocer en el futuro. Los cristales de la sala contaban algunos secretos, las celosías de la cocina mostraban a la familia entera a través de los años y hasta la ventana del baño dejaba ver a sus perritos corriendo felices por el patio.

Por los vitrales de la puerta principal vieron llegar a México a los bisabuelos, con todas sus esperanzas en una maleta. En otra, el día de la boda de sus padres y sus tíos, que ilusionados se juraban amor eterno. En otra más, la bisabuela que solo entendía el árabe, pero les sonreía igual cuando los recibía en sus brazos. Había muchas fiestas, noches largas de música y risas que aún parecían vibrar en las paredes. Pequeñas claraboyas al pasado, en los muros, en las puertas, en las vitrinas, en los burós y los jarrones, en cada espejo, en cada puerta.

Carolina pensaba que quizá Clody sabía la verdad pero no supo descifrarla: Y es que la casa no estaba embrujada como le decía para hacerla llorar, sino que estaba viva. Guardaba, con un celo ancestral, cada risa, cada llanto, cada palabra dicha por amor y cada enojo que alguna vez quebró el silencio. La casa entera era un cuerpo lleno de memorias hechas de ecos y la luz del alma.

La llegada de Emma había abierto, sin saber, la puerta de ese otro mundo, donde el tiempo se curva y todo vuelve a repetirse y solo entonces entendieron por qué nadie quiso vender la vieja casa nunca: porque ahí seguían todos, los vivos y los muertos, jugando, discutiendo, amándose, repitiendo la vida como parte de la historia, como una voz más dentro del murmullo de familia. Porque hay lugares que no son de piedra ni de cemento, sino de memoria. Hogares donde el corazón no deja de latir, pues el pasado, el presente y el futuro se sientan juntos a la mesa, hablándose en voz baja entre las rendijas del tiempo.


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