Es un día tranquilo. Un domingo más en el que no pasa nada.
O eso me digo.
Hay algo en la forma en que despierto
que no se siente como empezar. No es lunes y hace mucho tiempo que no es sábado.
Es esto. Siempre esto. La misma luz que baña la sala, el mismo silencio que les
precede, las mismas ganas de hacer algo distinto que no pasará. Todo vuelve. Yo
no.
Mi esposa y mi
hija siguen dormidas. Yo suelo despertar a las siete. A las ocho me urge
ponerme en pie.
Ahora estoy en mi
lugar favorito. Le pedí permiso a mi esposa para instalarme en un rincón de la
casa. Frente a la TV y los juegos de mi niña. Para tener un lugar propio donde
estar cuando nada más sucede. Como ahora.
Quisiera
despertarlas. Invitarlas a salir. Ir a Altata. A Mazatlán. Pero sé que Carolina
dirá que no. Me hizo prometer que el domingo no haríamos nada. Solo descansar.
Lavar un poco.
Quisiera que mi
madre estuviera aquí. En la vida. En este plano. Ahora me espera en el infinito
y no tengo con quién desayunar temprano. Con quién planear “una ida” a los
buches o el día entero preparando ceviche o carne asada.
No estuvo en mis
manos. O quizá sí. Tal vez debí ser más específico cuando lo pedí. Este sería
un domingo antes de septiembre. Agosto quizá, poco después de su cumpleaños.
Cuando era más feliz.
Hace
tres años yo hubiera salido muy temprano por la mañana con rumbo a Imala en mi
bicicleta. Extraño el zumbido de la llanta desgastándose de a poco con el
derredor. Me gustaba estar así, pero prefiero esto. Esperar a que mi hija
despierte. A que respire distinto. Que se mueva con un suspiro y se acomode de
nuevo en su cuna. Cansada de tanto dormir. Anticipar ese momento en que abre
los ojos y soy lo primero que ve. Amo ese momento.
Cuando
era niño despertaba temprano todos los domingos para jugar beisbol. Así
lograría ver a papá de nuevo. En las gradas con mamá. O aquellos otros en que
jugaba basquetbol con mis amigos y desayunábamos todos en familia, cansados de
tanto sudar.
Pero
prefiero estar aquí. En esta silla dura y desgastada, mirando el monitor de la
computadora sin nada que hacer.
Quizá si Phoebe
estuviera conmigo. Mi perrita. Extraño esas noches de paseo por las riberas del
río. Carolina, Phoebe, yo, y un raspado de ciruela.
Cuando
dan las nueve ya no puedo esperar. Podría despertarla con el pretexto de
estarla entrenando para cuando entre a la guardería. Entonces sí va a tener que
madrugar.
Quiero
asomarme. Solo eso. Ver si es un día de esos en que llora desde temprano porque
nos vamos a trabajar; pero sé que no será así. Yo puedo elegir una ropa
distinta cada día, pero ellas no. Ellas siguen en pijama por lo que les reste
de vida y aunque a veces logro convencerlas de salir, no sería justo salirnos
del guión. No todos los días.
De
pronto voy caminando a través de la sala. Paso junto al corral de la niña.
Pateo una pelota. Hago a un costado el triciclo y abro la puerta al pasillo. Es
la primera puerta a la derecha. Tomo la manija con mucho cuidado. Giro un poco.
Luego otro poco y la puerta se abre. Me asomo al interior. Ahí siguen. Una en
su cuna. La otra en su cama. Una cubierta en cobijas. La otra como si el frío
no le afectara. Me cuelo en el interior y cierro la puerta. Me sostengo
suavemente sobre la cuna, sin peso. Busco sus facciones. Está profundamente
dormida, pero sé que apenas la toque va a reaccionar. Va a moverse, va a
respirar, va a acomodarse de nuevo en una posición más cómoda.
Al
fin la toco. Paso mi mano por sus piecitos tibios y justo como predije, se
mueve, me rechaza, se acomoda y se vuelve a dormir. Tomo su bracito y corrijo
su posición lentamente. De inmediato lo regresa a una posición incómoda. Su
favorita.
En
ese momento despierta mi esposa y me pregunta qué estoy haciendo.
-Nada,
le digo. La extrañaba.
-Déjala
dormir un rato. Se durmió tarde. O si quieres llévatela a la sala pero le das
de comer.
Pero
sé que es demasiado temprano para ella. No va a querer.
-Hay
hot cakes de avena en el refri.
Echo
una última mirada dentro de la cuna y la dejo descansar. Abro la puerta a mis
espaldas, me giro y me voy.
Veo
una película cuando llega Carolina y se sienta a mi lado. Ya no pudo dormir.
-¿Necesitas
que lave algo?, me pregunta como siempre hace.
-No,
gracias.
-¿Quieres
hacer algo hoy?
Y
es que vio mi mirada de nuevo. No puedo ocultarlo. Por supuesto que quiero
hacer algo. Podríamos filmar ese corto que siempre soñé. Podríamos invitar a
sus padres a comer. Escaparnos a Altata… pero le digo que no. Se lo prometí
ayer, aunque ya no lo recuerdo.
Apenas
dan las once salgo corriendo hasta el cuarto. Carolina sigue en el patio
haciendo ruidos de quehacer. Giro la manija con menos cuidado y me meto al
cuarto. En ese momento escucho la magia: Emma toma aire, se acomoda boca
arriba, estira brazos y piernas, emite un quejido, bosteza, se acuesta de lado,
se lleva el pulgar izquierdo a la boca, respira y entonces sí, encandilada por
la luz que se cuela entre las cortinas, voltea. Frunce el ceño, ajusta la
mirada y al fin me ve. Sonríe. Se saca el dedo de la boca, se acuesta boca
arriba de nuevo, se quita los cabellos del rostro y me señala el ventilador en
el techo como si se tratara de un nuevo descubrimiento. Luego se voltea de
nuevo, apoya sus manos sobre el colchón y se pone de pie con destreza. Se
sostiene del barandal y me ve con una sonrisa adormilada. Cuando intento
tomarla en brazos huye de mí, se deja caer en la cuna y voltea a verme de nuevo
como si se tratara de una travesura. Luego levanta los brazos y entonces sí, la
levanto, la abrazo, la beso y le pregunto qué haremos hoy.
Su
madre saca la ropa de la lavadora para pasarla a la secadora cuando entramos al
cuarto de lavado.
-Ay,
pero qué cosa tan hermosa, dice a medida que camina hasta nosotros y toma a la
niña en brazos.
-Vamos,
mamá, dice Emma.
-¿Vamos
adónde, mi amor?
-Pallá,
dice levantando el bracito y apuntando el dedo índice al exterior. Al día que
sucede allá afuera.
-¿Vas
a querer desayunar?, me pregunta Carolina.
Entonces
pienso: Chorizo con huevo, huevos estrellados, hot cakes; tortas de jamón.
-Sí,
le digo.
-¿Huevo
con algo?
-Con
chorizo.
Es
mi favorito pero me asquea después de unos años.
-¿Quieres
ir por queso?, me pregunta.
-Ahorita
voy.
-¿Quieres
ir con papá, Emma?
-Ay,
ño, contesta de inmediato la niña.
Y
es que quiere jugar.
Cuando abro la
puerta con mi hija en brazos el mundo se ve distinto. No siempre salimos a la
misma hora. Hoy no reconozco ninguno de los autos ni los transeúntes, pero el
joven de la tienda es el mismo.
De regreso, el sol
brilla con fuerza, pero no calienta. Nos llena la cara de gestos.
-Ahí trabajaba tu
abuela, le digo a mi hija cuando se revela el letrero del IMSS.
También murió ahí.
Jubilada y confinada a la cama.
Por eso nunca
deseé que fuera hija única. La vida puede ser demasiado para una niña en
soledad.
Cuando llegamos a
casa ya huele a desayuno. Siento a la niña en su silla y enciendo el televisor:
Booba, Kote, Maggy. Siempre es Maggy.
-Siéntate, me dice
mi esposa.
Tomo
el teléfono y me siento a esperar. Veo la pantalla. Me quedo un rato esperando
recordar qué es lo que tanto sucedía ahí, pero no hay nada. Lo dejo a un
costado y escucho la calma.
-Ya
no hay tantos pájaros, digo. Lo había olvidado.
-¿Cómo?,
pregunta mi esposa.
-Nada.
Los pájaros. Ya no están.
-Sí me di
cuenta. Tienen días. Eran demasiados y de repente se fueron todos.
Ni
siquiera recuerdo si es un detalle nuevo o algo que he vuelto a descubrir una y
otra vez. Los pájaros, la música del vecino. El silencio de hoy.
-¿Vemos
una película?, pregunto.
-Sí.
-¿Cuál
se te antoja?
-Tú
escoge.
Tenemos en un bucle nuestras películas favoritas. Curioso. En un
bucle. Una y otra vez, sin cansarnos de ellas.
Ir al cine solía ser una aventura. Escoger una película en el Blokbuster.
Ahora no nos movemos de casa mientras Emma se pasea de la sala al comedor.
-Vamos,
papá, vamos.
-¿Adónde?
-Pallá,
dice con su bracito levantado.
Carolina
se levanta para revisar la ropa. Yo me levanto para jugar. La película sigue
adelante. No nos perdemos nada. La hemos visto una y otra vez.
Cuando
regresa Carolina ya ni siquiera la estamos viendo.
-Imagina que Emma se hace millonaria, le digo. Se hace actriz, se
hace viral, el caso es que tiene millones de dólares en sus cuentas. ¿Cuánto
dinero estarías dispuesta a gastarte antes de sentirte culpable por estarla
explotando?
Sonríe.
Está acostumbrada a mis preguntas. Es la primera vez que le hago esta y sin
embargo, sé lo que vas a responder.
-Todo.
Sonrío
con la mirada.
-Yo
le di la vida, es lo menos que me debe, me dice.
-Al
bote.
-Voy
a tener buenos abogados con mi dinero.
-Padres
del año.
Ambos
volteamos a ver a Emma que ahora se mete en una caja buscando refugio. Sabemos
que mentimos, al menos un poco.
-Debe
ser difícil tener el dinero guardado y no soñar con unas vacaciones a Disney.
-Lo
estaríamos haciendo por ella.
Entonces
recuerdo por qué me casé con ella. A veces lo olvido. No porque no la ame, sino
porque la rutina es primero siempre. Una y otra y otra vez, hasta el hartazgo.
Entonces basta una sonrisa para volver a empezar. Luego las mismas sonrisas se
acumulan iguales una tras otra y se vuelve rutina.
-¿Quieres
un café?
-Sí,
con un poco de pastel, le digo.
Carolina
se levanta y se pierde en la cocina.
Varias
veces nos fuimos a Altata. Comimos, sufrimos calor y volvimos antes de lo
usual. Sí vamos a la plaza es volver cansados para seguir lavando, la niña toma
su siesta tarde y no se duerme sino hasta la 1:30 de la mañana. Carolina nunca
me deja olvidar ese error.
Sacamos
un juego de mesa. Vemos tele. Grabamos un poco. Comemos un poco. Un poco
juntos. Un poco no.
Los
fines de semana son así de preciados porque contamos con un mañana al cual no
queremos llegar cansados.
Me
como el pastel y dejo un poco de café en la taza. Carolina dormita. Se levanta.
Va. Viene. Yo juego con mi hija. La dejo a solas. Juego. La dejo. Dibujamos.
Cantamos. Bailamos.
-Vamos,
papá, vamos, me dice de nuevo. Como si supiera que hay un día allá afuera que
no hemos empezado a vivir.
Con el primer
bostezo la mando a dormir entre gritos y protestas. Ese momento sí lo respeto
mientras estemos en casa. No tiene sentido obligarla a cumplir con mi día. Sigo
el suyo a donde me lleve. Cambio detalles, pero su impulso es el mismo. Hoy,
como siempre, tarda media hora en quedarse dormida.
Cuando despierta
ya son las ocho. Llora un poco. Tuvo pesadillas. Durmió en una mala posición.
Le doy tiempo pues no le gusta que la toque en ese estado. Después de unos
instantes, me asomo a su cuna. La tomo en brazos y llora de nuevo. Enciendo el
televisor y pongo su caricatura favorita. Nada más detiene su llanto.
Llega su madre. La
toma en brazos. Se recuestan en el sillón y se quedan abrazadas, una atenta a
la tele, la otra al celular. Yo me siento a su lado. Tomo mi cámara y las filmo
de nuevo. Me da algo que hacer. Editar fotos, editar videos, aprender una nueva
lección.
Estoy en la
computadora cuando pregunto:
-¿Si tuvieras que
elegir entre seguir viviendo aunque sabes que uno de nosotros va a morir pronto
o quedarte en un periodo de vida, un día, un año, diez años, para siempre… qué
escogerías?
Carolina lo piensa
solo un poco.
-Seguir adelante.
No hay más.
-Pero es algo que
duele como nada en la vida…
-Quedarse donde
mismo también duele, a su manera.
En eso tiene
razón. A su manera.
-Sería como no
dejar vivir a los otros, ¿no crees? Prefiero que Emma crezca y se case. Que
vaya a Disney.
-Que al menos
tenga la posibilidad.
-Sí.
-¿Y si no
existiera la posibilidad?
-Entonces la
tragedia sería saberlo.
Se me hace un nudo
en la garganta. Un bulto en el pecho. No me puedo controlar. Empiezo a llorar
sin control. Carolina suelta a la niña, la deja en el suelo y me abraza. Emma
se asusta. Se acerca. Pero no dice nada. Carolina tampoco. Supone que es por mi
madre. Eso debe ser. La abrazo también y después de un rato me siento mejor. Más
tranquilo. La veo a los ojos y le doy un beso.
-¿Estás bien?
-La extraño
demasiado.
-Un día va a dejar
de doler como hoy.
-No sé si eso es
lo que quiero.
Carolina besa mi
frente, me suelta en mi silla, se pone de pie y me ofrece de cenar. Yo acepto
cualquier cosa que tenga en mente. Se va. Emma no se aparta de mi lado. La tomo
en brazos y lloro de nuevo en silencio.
-¿Por qué tenías
que ser como papá? Te imaginaba igualita a tu madre y en cambio saliste
igualita a mí.
Emma se escabulle
de mis brazos, da tres pasos y se gira para encontrarme.
-Vamos, papá,
vamos.
-Vamos, mi amor.
¿Para dónde?
-Pallá.
Me pongo de pie y
la sigo a donde me lleve.
Empezó con las
pesadillas. Se despertaba aterrada en medio de la madrugada y no había manera
de calmarla. Solo el tiempo ayudaba. Luego fue la escuela. Mi niña era
brillante, pero a veces no quería ir; me rogaba para quedarse en la cama, para
escaparse conmigo a la oficina sin decirle a mamá. Después, cuando llegó la
adolescencia, se volvió introvertida de un día para otro. Podía iluminar la
habitación con su sonrisa, con su charla apasionada, pero luego se encerraba
por días en su cuarto. Nunca se iba a casar. Eso me decía. Hasta que un día
conoció a alguien y el amor pudo más… Pudo con ella.
-Vénganse a cenar,
dice Carolina.
-Ya vamos.
Disfrutamos la
cena juntos pero nunca la recuerdo.
Nos vamos al
cuarto y encendemos el televisor. Emma observa divertida. Entonces empiezo a
soñar despierto:
Cuando se acercaba
el día de su boda no podía estar más feliz. Recuerdo que una vez me preguntó,
mientras veíamos a su novio a lo lejos: ¿Lo hubieras imaginado? Y la respuesta
era sí. Sí. Siempre. Quería eso para ti. Contaba con que iba a llegar. Pero le
dije que no. Eso sí lo recuerdo. Dije no para que disfrutara su sorpresa. Que
de verdad creyera que todo esto se trataba de una fantasía que nadie imaginó.
-¿Qué tienes?,
pregunta Carolina.
Pero no respondo.
Es una voz lejana que aún no proceso.
-¿Qué tienes?
Ni siquiera noto
las lágrimas.
-Mi vida…
Carolina escucha
mi llanto y de nuevo corre hasta mí y me abraza.
-Era mi niña, era
tan feliz… Nunca vi a nadie más feliz. A nadie, Carolina; a nadie.
-Tranquilo, mi
amor. Tranquilo. Tu mamá está bien. Ella está descansando. No te me caigas,
¿ok? Te amo. Te amo. Estás bien. No te me caigas.
-No, no… es que,
no es eso… no es ella. No…
-¿Qué pasa?
-Es que…
-¿Qué te pasa?
-Si te contara
algo, cualquier cosa, ¿me creerías?
-Sí, sí, lo que
quieras.
-Es que… No sé,
quizá fue un sueño, quizá nada es verdad, pero para mí sí, para mí sí…
-Dime…
-¿Sabías que
compramos otra casa? Una casa más grande, a la salida norte, con área común,
con alberca. Emma invitaba a sus amigos los fines de semana y tú pedías comida,
servías los bocadillos, hacías limonada. Comíamos todos juntos. Nos encantaba
estar ahí. Éramos felices.
-¿Sí?
-Mi niña ya
sobrepasaba tu altura. Eran mejores amigas. Tuve que aprender a ceder mi lugar.
Ya no era mi niña. Era más tuya que nunca, pero siempre volvía. De vez en
cuando. Para decirme cosas que no sabía cómo decirte a ti. Confiaba en mí. Será
que sabía que habíamos pasado por lo mismo. Luchaba contra ella misma a la vez
que era feliz de ser como era.
-Igual que tú.
-Luego un día,
cuando cursaba la Universidad, llegó ese muchacho. Diego. Era buen muchacho. De
verdad lo era. Yo sabía lo que iba a pasar. Diego aquí. Diego allá. Todo un
caballero. Tenía miedo. Claro. De que mi niña pudiera salir lastimada, pero…
era normal. Una parte de mí deseaba que todo terminara con él, ¿sabes? Dejar de
preocuparme. Que mi hija no estuviera sola jamás.
-¿Qué
pasó?
-Pasaron
un par de años y empecé a verlo como un hijo más. Era fácil estar con él. Era
respetuoso. Nos daba nuestro espacio. Se daban el suyo. Era inevitable. Lo vi
venir desde siempre. Y cuando tu hija me dio la noticia solo pude sonreír.
Lloré, la abracé y la dejé correr a tus brazos. Todo estaba listo para la boda…
Luego
sucedió. Mi vida, mi amor. No a ti. No a ti. Nunca a ti.
-Un
día… Un día Diego no llegó. Lo supimos por las noticias. Era su camioneta… Era
la suya. Un conductor borracho se saltó el camellón y dio justo en el lado del
conductor. De Diego. El maldito borracho salió con un tobillo fracturado.
Lo
vi venir. Eras mi hija. Más que de nadie. Eras mía.
-Hubiera
querido que Emma no se pareciera a mí, ¿sabes? Nunca quise que se pareciera a
mí. No en eso. No en todo.
-¿Qué
pasó?
-Lo
siento, de verdad. Lo siento.
-¿Qué
pasó con nuestra hija?
-Cuando
regresamos a casa el baño estaba cerrado. La regadera sonaba. Tenía un letrero:
“No entrar”. Entré, aunque no necesitaba hacerlo. Después de pensar lo que
pareció un siglo, grité tu nombre. Cuando llegaste te lanzaste sobre su cuerpo
pálido y ahí te quedaste hasta secarte de lágrimas. Te abracé. Las abracé y te
pedí perdón. Por todo. Por todo. Tú no entendías pero me abrazaste. Me
abrazaste tan fuerte que solo pude pedir volver a empezar. Que el tiempo no
pasara. Le pregunté a Dios por qué no podíamos quedarnos todos en un día, en
cualquier día, para siempre. Cuando éramos felices. Lamenté que mi niña tuviera
que crecer sin mí. Fuera de mis cuidados. Que se hiciera grande. Quise volver.
Volver a esos tiempos en que mi mayor preocupación era que no se acabara la
leche y los pañales. Cuando Emma tropezaba con las sillas y los sillones.
Cuando caía de rodillas y lloraba un poco, solo para distraerse rápido con una
novedad. Con esa sonrisa fingida que nos dejaba saber que no estaba bien, pero
iba a estar bien, con un abrazo, con un beso de papá.
-Tranquilo,
mi amor.
-Y
ahora estamos aquí…
-Aquí
estamos, todos juntos.
-Lo
siento…
-Seguro fue solo
un sueño. Todo va a estar bien. Abraza a tu hija. Abrázala. Ella está bien.
Vamos a estar bien. Te amo. Te amo con toda mi alma. Verás que todo va a estar
bien.
-Perdóname por
todo.
Apenas son las
nueve, pero no puedo esperar. Quiero asomarme, solo eso. Quizá tocar sus
piecitos tibios una vez más. Como hice ayer. Como haré mañana. Antes de olvidar
otro detalle de ella, aunque todo siga igual.
Entonces me apuro
hasta el cuarto. Abro la puerta con cuidado y ahí están. Ellas siempre están.
Me asomo a la cuna. Sé que apenas la toque va a reaccionar. Va a moverse, va a
acomodarse y yo aquí estaré, buscando sus facciones... mientras respire.
Comentarios
Publicar un comentario