Nunca fue acerca de los regalos, ni siquiera de los besos y las caricias, ni mucho menos de estar en una relación. Verte era suficiente, verte sonreír, sentirte cerca; buscar una nueva forma de amar, un nuevo nombre para el amor, algo que pudiéramos encontrar juntos, a cualquier hora y en todo lugar. Ni siquiera sé si se trataba de ti o de mí, pudieran ser otros, en otra ciudad, en otra época y enamorarnos era solo el idioma común que hablábamos, ése de nuestros abuelos y sus abuelos antes, que un día no pudieron dejar de verse a través de algún concurrido salón de antaño, improvisando un lenguaje propio que solo juntos habrían de usar.
Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...
Comentarios
Publicar un comentario