Después de una terrible inundación que había devastado su colonia, Carolina y Alberto buscaron refugio en la casa de los abuelos. La enorme casa de la familia estaba vacía desde que los hijos y los hijos de los hijos se fueron y los muertos ocuparon su lugar entre sus ancestros, y solo unos cuartos en medio del jardín servían su propósito. Los abuelos los recibieron con gusto, más aún porque con ellos iba Emma, una hermosa niña de cabellos ensortijados y mirada despierta que desde el primer día se echó a andar por todos los rincones de la casa. Emma era curiosa y valiente. Le gustaba andar por los pasillos largos, por las escaleras que crujían bajo su peso, pisando suavemente sobre la punta de sus pies, abriendo puertas y cajones, siempre acompañada de sus padres o con el abuelo, que parecía no conocer el cansancio, y pronto no quedó rincón alguno que no conociera, o al menos, eso creían hasta aquel día en que la niña, siguiendo una pista invisible, entró en el viejo estudio. Su ...
Comentarios
Publicar un comentario