-¿Un unicornio?
-Sí, señor.
-Me tomas el pelo.
-De ninguna manera, señor. Le
puedo jurar que lo que vi es tan real como usted ahora frente a mí.
-Patrañas, ¿un unicornio?
-Y unos cuantos duendes.
-¡Unos duendes? ¡Ahora estás
jugando conmigo!
-Le aseguro, señor, que no son
juegos. Un unicornio y algunos duendes.
Dorot se dio una vuelta por el
cuarto con las sienes tensas. Sus ojos azules desaparecían tras las cejas
tupidas y ligeramente decoloradas por la edad. Luego se detuvo con un
pensamiento profundo.
-Tan pequeño… pensó-. Luego
dijo: Wilfred, ¿cuántos años tenemos de conocernos?
-Veinticinco años.
-Veinticinco años, Wilfred. Y en
todos estos años, jamás había tenido la impresión de que me tomaras el pelo.
-Me alegra, señor.
-Y ahora no sé si disculparme o…
Dorot se recargó agotado sobre el escritorio. Su silueta se desvanecía
en el resplandor del tenue sol que se colaba por las ventanas. Hacía frío pero
el sol no cedía en ese atardecer.
-Bueno. Creo que no tendría razón alguna para dudarlo.
-Le agradezco, señor.
-Un unicornio…
-Y algunos duendes.
Dorot se irguió, pasó sus dedos por entre la cabellera y tomando aire y
con un tono más apaciguado dijo:
-Pero dime, Wilfred… ¿qué más hizo mi hijo en el kínder?
-¿Además de los dibujos? Bueno, creo que merendaron y tomaron una
siesta, señor.
-¿Cuál fue el menú?
-Pizza, señor.
-Pizza… Sí. De chiquillo me encantaba comer pizza.
Dorot rodeó el escritorio y se sentó ante él con los brazos levantados
y las manos tras su nuca. Esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción.
-Un unicornio y algunos pequeños duendes. Tan pequeño…
-Señor.
-Antes de que te vayas, Wilfred. ¿Por qué esta tan callada la casa?
¿Dónde está mi hija mayor?
-¿La duquesa, señor?
-Sí, Wilfred. La duquesa.
-Lo último que supe es que seguía tomando con sus amigas, señor.
-¿Y dónde están ahora?
-Fueron por tortas, señor… ahogadas.
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