La oficina es un ente complejo,
difícil en esencia y natural en el más raro de los casos. Lo es más entre más
grande el organismo. Cincuenta ingenieros en un mismo edificio no hacen gran
diferencia, lo mismo con cincuenta abogados o cincuenta doctores. Ahora, ciento
cincuenta profesionistas entre contadores, arquitectos, informáticos,
ingenieros industriales y conserjes, es todo un reto, son perfiles distintos,
mentes complementarias con suerte, contrarias en muchos de los casos; gente
entrenada para tener la razón, una medible y comprobable, con argumentos vastos
para sentirse confiado de su palabra, teniendo que aceptar la palabra del otro
por un bien común. Es por ello que el ambiente de oficina debe ser serio,
profesional, tranquilo pero apasionado, cordial pero no confianzudo, familiar
pero perfectamente diferenciado de nuestra vida en familia. Dar un abrazo,
contar un secreto, un chiste, incluso cantar una canción, debe suceder dentro
del espectro de lo aceptable, de lo permisible, y mucho más allá del reglamento
interno, están las convenciones sociales y aquellas más íntimas que suceden con
los colegas o compañeros de trabajo. Seguir dichas convenciones genera respeto
en el mejor de los casos, desdén y aburrimiento en muchos otros; neurosis en el
peor. Debemos aceptar todo un arcoíris de “sentidos comunes”, recortar nuestros
extremos, limar asperezas, elevar nuestra percepción de la ética y la moral,
aceptar que somos imperfectos y como tales, podemos molestar, desagradar,
frustrar y hasta enfurecer con nuestras simples costumbres. Masticar goma de
mascar o cantar nuestra canción favorita pueden fácilmente convertirse en la
pesadilla de alguien. Es por eso que en muchos casos, un mal ambiente de
oficina puede estar llena de gente que no se habla o incluso se grita y ofende,
mientras una mejor adaptada oficina está colmada de hipocresía y
condescendencia; un sedativo nada más del primer ejemplo. En el mejor de los
casos la consideración por el otro viene de nuestra mente y corazón, y ese
ambiente “teto” de oficinas en donde el trabajo es uniforme, los chistes son
simples, las risas tenues, los chismes son inofensivos y las escapadas temprano
son las coronas de laurel de un día perfecto, es a lo más que la gran mayoría
podemos aspirar. ¿Y saben qué? No está mal. Qué importa si hablan mucho de
futbol, qué importa si te obligan a convivir con los otros, por bienestar, por
salud, cuando todo lo que quieres a veces es cumplir con tu jornada, ellos
habrán pensado lo mismo de tener que aguantarte a ti, y lo están haciendo, con
una sonrisa simple, con una broma “teta”, con un hasta mañana que a veces
cuesta, como todo, más de lo que uno imagina, y todo por aprender a ser y estar
en compañía de alguien que antes jamás pudo ni quiso, aprender a lidiar con
tanta gente o quizá incluso con las matemáticas.
Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...
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