Mucho se
ha dicho ya acerca del éxito, mucho se ha elogiado a los más grandes héroes de
nuestra sociedad, antigua o moderna, medidos con base en los éxitos que han
conseguido en todos los ámbitos, sea respecto de sus colegas o de la totalidad
de la humanidad. Fascinados engrandecemos sus historias con una sonrisa en el
rostro, con hambre de una anécdota más, algo que los lleve más allá de lo
extraordinario, divinos quizá, elevados por sus logros hasta las constelaciones
del cielo nocturno, pero, ¿qué es aquello que los hace exitosos? ¿Sus triunfos
en batalla? ¿Su poder? ¿El dinero? ¿O fue su intelecto, toda su sabiduría? ¿O
será acaso la envidiable capacidad de revertir un destino conferido por los
dioses, luchando contra el mar y sus tormentas, contra toda desgracia, para al
final llevar su vida a un nuevo puerto, lleno de gracias y de la siempre
escurridiza felicidad?
Podríamos
dedicarle la vida entera a intentar clasificar los distintos niveles de éxito
de los que una misma persona puede gozar, y esto se eleva hasta el infinito una
vez que trasladamos esa misma idea a la historia de la humanidad, desde sus
inicios, pasando por todas las profesiones y costumbres, por todo rincón de la
tierra, atendiendo nuestra definición de éxito en lo moral, lo ético, lo
profesional, lo espiritual, y demás intereses y pasiones propios de nuestra
naturaleza. Podríamos hablar de lo grandioso de conquistar continentes enteros
o de lo increíblemente importante de cumplir con todos los pequeños propósitos
que atendemos a diario en nuestra sociedad: desde despertarse para hacer
ejercicio y desayunar sanamente, hasta hablar sin grandes fallas en una
atestada conferencia o comprarse, con base en cuantiosos esfuerzos, una casa
nueva.
Es esta
idea, la dualidad del éxito como un concepto pequeño, específico y muy
personal, así como el de algo más grande que la existencia misma, el de un
propósito mayor que trasciende las ideas del bien y del mal a través de las
generaciones, uno de los temas más apasionantes que incumben a mi profesión. La
relación directa e indirecta entre el éxito de una empresa con el éxito de cada
una de sus partes (los empleados) y cómo ambos en conjunto definen lo que una
comunidad exitosa puede significar para el panorama global de un país entero.
Más allá de discusiones filosóficas acerca de cómo se define el éxito como un
concepto absoluto y contenido en sí mismo, nos quedamos con la realidad
práctica: el éxito, a lo largo de todas sus definiciones, es necesario. Sea
como fin o como medida de un fin, está íntimamente ligado al bienestar de las
personas y sus diversas sociedades y afiliaciones y aún si alguien mencionara
que cierto tipo de éxito específico, trae otros problemas consigo, como el
ganador de una cruenta guerra debe pagar consecuencias por las grandes pérdidas
que ha sufrido durante la batalla, se trata solo de una medida de la falta de
éxito en otras áreas. Esto es, el éxito mayor, por definición, debe estar
constituido por una serie de pequeños éxitos menores o complementarios que en la
medida que se alcanzan contribuyen a lo que pudiera ser un logro monumental.
Es mi labor saber que cada empresa define el éxito como algo distinto, y
mientras quizá la mayoría lo relaciona con el bienestar económico, cada vez más
de ellas empiezan a redondear la idea del éxito introduciendo conceptos como
el bienestar ético, moral, familiar, personal, de seguridad, ecológico,
cultural y otros. Empresas como Google o Apple presumen de revolucionar la
relación empleado-patrón, creando ámbitos laborales donde el ser humano y sus
necesidades son primero a la vez que personalidades como Richard Branson han
invertido la idea de que el cliente es primero, argumentando que si antes
cuidamos a nuestros empleados, ellos mismos, por convicción propia, habrán de
cuidar a nuestros clientes como un reflejo mismo de su propio bienestar.
Es el empleado entonces la parte más pequeña en que podemos dividir el éxito
global de una empresa y es nuestra responsabilidad entenderlo como un ente
único e irrepetible en sí, pero a la vez, capaz de formar grupos de trabajo tan
homogéneos que representen el espíritu y convicción de una sola persona ubicada
en la cima del esquema piramidal en el que trabaja. Es nuestra labor entender
que el éxito personal de cada uno de nuestros compañeros repercute directamente
en el buen funcionamiento de todos los grupos y mecanismos necesarios para
llevar por buen rumbo una sociedad, del tipo que ésta sea.
Es ahí
donde las generalidades se quedan cortas y el éxito empieza a convertirse en un
traje hecho a la medida para cada cual, sin importar si es hombre, mujer o niño
y es ésa una de las labores más apasionantes y demandantes de mi profesión:
Descubrir qué es lo que un trabajador define como una vida exitosa, qué es eso
que lo hizo, lo hace o lo haría exitoso, y refinar sus ideales, lograr que se
reimagine, que multiplique su potencial o descubra caminos nuevos, nuevas metas
y objetivos, una nueva pasión, todo acorde con los valores éticos, morales y
legales de la sociedad en la que habita, todo en línea con los principios de la
empresa y todo en armonía con sus valores espirituales y la idea más pura que
tenga acerca de su existir; su propósito en la vida.
Tarea
difícil desde su concepción y sin embargo, un reto más, uno mío, profesional y
personal, y parte de lo que me hace levantarme a diario, desde muy temprano,
enfocado en uno de entre muchos otros objetivos en mi vida: Mi desarrollo
personal y profesional, así como el de mis compañeros, todo para lograr el
funcionamiento óptimo de la empresa para la que trabajamos y siempre con el fin
de servir a una comunidad más grande que todos, una exitosa, sea cual sea la
definición que en la actualidad le demos o le planeemos dar, evolucionando
siempre a la par de los tiempos y con un propósito claro: hacer de este mundo y
de sus personas la mejor versión de todo lo que anhelamos ser.
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