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¿Qué tal 18 segundos?


Pensé en aprender a solucionar el cubo de Rubik un día en que vi que mi sobrino se compró uno. Se lo compró solo por ocio, ya que lo movía sin cesar pero sin intentar realmente resolverlo; y que me entra la curiosidad. Como con todo lo que me compro en la vida, primero investigué lo más que podía acerca de las distintas marcas de cubos en el mercado, siendo Moyu, Gans y Valk las tres mejores de ellas. En lo que llegaba mi primer cubo (Moyu) leí todo acerca de la historia del juguete y quiénes eran los mejores en el arte de resolverlo. El récord mundial de menor tiempo en resolverlo ya era increíblemente ridículo entonces: 4.69 segundos. Sin embargo poco después sería de 4.59, primero de un coreano y poco después igualado por Feliks Zemdegs (ya es 3.47 s), el mejor ¿cubista? de la historia (perdóname, Pablo Picasso). Aprendí poco a poco el método de los principiantes y me tomó una semana poder solucionarlo por mí mismo, sin ayuda de nadie. Mi tiempo: 3 minutos, 30 segundos. 

Pasó el tiempo y poco a poco fui mejorando en el entendimiento del cubo y logré bajar de dos minutos con este método. Sin grandes cambios, y ya dominada la solución, empecé a aprender el método que usan la gran mayoría de los expertos: CFOP, el método de Friedrich. El concepto es simple: Aprenderte cuatro pasos generales, aprenderte patrones de colores en las distintas caras y realizar la menor cantidad de movimientos posible. Vaya lío. Después de mucho esfuerzo, mucho memorizar, mucho practicar, aún me faltan 32 algoritmos distintos qué aprenderme, son 32 patrones más qué aprenderme y que debo reconocer lo más rápido posible (ya los aprendí). Mi récord hoy es de 43.95 segundos (¡qué tal 18 segundos?). Aún lejos de los mejores, pues me falta la técnica y la memoria, pero más que eso, la mente. Feliks Zemdegs nunca tuvo un cubo de Rubik sino hasta el día en que decidió comprar uno, sin saber absolutamente nada del tema, un mes después ya hacía menos de 20 segundos. Lo fascinante del tema para mí es eso, la mente, lo que evoluciona el entendimiento cuando realmente le dedicas tiempo y esfuerzo a algo. Pasar de tres minutos y medio a cincuenta segundos habla de ello, pero más interesante aún es recordar cómo un simple girar de cara, una simple combinación nueva solía confundirme al instante, cómo lograr mover una pieza sin arruinar el resto era tarea casi imposible cuando recién empezaba y cómo ahora al ver el cubo empiezo a planear los movimientos, poco a poco, a medida que las ideas se van relacionando, conectando entre ellas. Más interesante es ver cómo se mezcla la automatización de los algoritmos con la planeación de una estrategia para responder por instinto a las tareas que ya conocemos y cómo eso nos da tiempo para pensar en situaciones que nunca antes se nos habían presentado. Más interesante aún darme cuenta de que ni siquiera creo estar a la mitad del camino. No espero llegar a los cinco segundos, ni siquiera a los diez o los veinte, pero quizá un veinticinco no suena tan mal. Quién diría que un juguete tan simple como el cubo de Rubik podría llevar tantos secretos dentro.

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