Si pudiera hablarte de cualquier cosa,
si mi voz lograra entrelazarse con el sol de tus mañanas
y te supieras tan libre como cuando mis palabras no te tocan
-si pudieras percibir en el aire que mis palabras no te
tocan-,
y no huyeras a prisa al verme invadir tu espacio;
si como el tiempo que abandona al espacio de todas
sensaciones no te fueras
y detrás quedara tu inocencia
-esa virtud siempre tan fecunda de nuevos sentimientos-,
el lenguaje más puro de tu existir,
yo sería aquel que te llama siempre,
aquel que te llama la coautora de sus días,
de estos días de los dos.
No sé de un mejor hola que aquel que se te escapa a la
mirada,
no sé de una mejor mirada para vivir embelesado por el yugo,
anárquico, acérrimo,
la voz callada y voluntariosa que nace de tus ojos
y por la cual el hombre
-este hombre-
anega mares de palabras que mueren justo antes de cualquier
pensamiento previo.
La voz sutil y desinhibida por la que guardo silencio
cual címbalo resguardado ansioso de un despertar,
ansioso de un golpe, de un sonido,
tu sonido y el mío,
enhebrados al fin -y al fin libres- en una danza del
corazón.
Acallado el ruido indigno ante el saludo
que ha surgido mucho antes de entre las almas:
el principio mismo de la pasión por la que existo:
un hola antes que un adiós.
No sé vivir en la duda.
Si vivo es por un sonido, si muero es por saber de ti.
Existir es nunca dejar de sentir.
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