Vivimos en un país ignorante; no
el más ignorante, no el menos. Un país de desigualdad y contrastes tan
profundos que han llegado a formar parte de nuestra idiosincrasia, donde los
excesos y las carencias van de la mano dentro de un mismo estrato social o
incluso una misma familia. Un país que lo tiene todo y donde lograr nada se ha
hecho costumbre; un país donde podríamos decir que somos unos huevones y de
inmediato saldríamos en defensa de aquellos que no lo son, lanzando evidencias
de genios y catedráticos y héroes del deporte, palmeándonos la espalda para
seguir sumidos en la embriagante negación que unos cuantos logros nos puedan
brindar. Así somos: un país de todo y nada. Donde podemos tocar el cielo con
las manos para luego tirarlo al suelo con una leve pasión.
Quizá debiera amarte
menos, México; quizá debiera amarte distinto. No como un padre cegado por el
niño de mis entrañas que jamás sería capaz de hacer el mal; sino precisamente
como aquellos héroes que supieron triunfar a pesar de las circunstancias. Quizá
debiera ser como el mejor maestro del que tenga memoria. Ése que me exigía
estudiar y ser alguien más en la vida, y que siempre estaba disponible para una
asesoría que pocos se animaban a tomar. Quizá debiera ser más. Quizá debiera
ser una especie de abuela genia, catedrática y heroína del deporte, de esas que
están dispuestas a cuidarnos y llenarnos de besos y a enseñarnos a vivir, de
esas que piden a los nietos encantadas pero con todo y nalgas, para cuando
llega la hora de educar.
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