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De la igualdad


Hay comentarios, simples observaciones, que hoy en día, en una sociedad hipersensible por un malentendido deber ético y moral, se han convertido en sinónimos del racismo, el sexismo, el clasismo y últimamente, del odio, de manera –a mi muy particular ver- completamente innecesaria. Decir que los negros son mejores basquetbolistas o que los blancos mejores nadadores, que los mexicanos comemos muchos tacos o que los guapos suelen casarse con guapos, los ricos con ricos, son comentarios que enardecen a los seudodefensores de la idea de la igualdad, cuando en realidad, son datos obtenidos de la simple observación, o más aún, respaldados por la ciencia. Poner en una jaula de pelea al mejor peleador hombre contra la mejor peleadora mujer solo llevaría a un resultado; y no es sexismo, no es creer que la mujer es menos que el hombre; es una idea tan absurda como decir que alguien es mejor que otro solo porque uno levanta más peso que el otro. Alguien puede servir mejor un propósito que otro y no hay necesidad de tener miedo de decirlo, como tampoco debemos tener miedo de decir que eso no hace mejor a una persona que otra. La idea de la igualdad absoluta se ha apoderado de las mentes de aquellos que no han entendido la idea. Igualdad, en este contexto, no significa que creamos que todo es igual, que nada es distinto de lo otro, la palabra igualdad y su intención representan algo mucho más complejo que eso. Entender las diferencias de todas las cosas  entender que nadie ni nada es igual a lo demás y aún así, ser capaces de dar un trato igualitario y por ende, un trato justo, de acuerdo a nuestras características y necesidades es el propósito. Ser observador y saber tipificar situaciones, cosas o personas, es esencial para la creación de las normas, leyes o doctrinas que nos habrán de proteger. Debemos aprender a observar, si, a tipificar, a entender de estereotipos, y una vez que hagamos eso, entenderemos lo increíblemente complejo de hablar de igualdad y de justicia en un universo tan vasto. En vez de saltar a catalogar todo como un juicio opresor sobre las razas o las clases, en vez de creer que una simple observación es un mensaje de odio por creer que me conoces gracias a ciertas características generales mías, entendamos que no hay nada de malo en conocer nuestro mundo y catalogarlo, clasificarlo, diseccionarlo en sus partes para llegar a un mejor entendimiento. Si en ese análisis resulta que hay cosas en común, habría que celebrarlas o atenderlas en caso de ser necesario, corregirlas. Llegar a la raíz de un problema si lo hubiera, tampoco sería racismo o sexismo, sería conocernos mejor para atendernos mejor. Las generalidades no deben lastimar, tampoco los estereotipos, son solo observaciones, prueba de que como seres humanos, reconocer patrones es una de las mejores cosas que sabemos hacer. Después de todo, una generalidad es solo el primer paso para llegar a conocer más profundamente a nuestro prójimo y es que el odio viene de justamente lo contrario, de la negación del diálogo y el cuestionamiento, de la falta de interés o curiosidad. El odio es un juicio absoluto sobre un tema que no estamos dispuestos a discutir; en cualquier sentido. Dejemos de propagar el odio y hablemos, escuchemos, y dejemos hablar, enseñemos a escuchar; escuchar mucho más allá de catalogar una simple observación como una muestra de odio.

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