Caminabas
sobre fuego. Te encantaba hacerlo así. Picabas mis costillas con cualquier
mentira y corrías a esconderte sobre años de manipulación sobrentendida. A
veces rogaba despertar en un mundo alterno, con la música de aquel viejo
programa que jamás te preocupaste por ver. Un mundo alterno libre de sarcasmos
y humor negro. Así te imaginaba, en vestido de satén y seda, guantes largos y
sombrero de velo. Al menos un film noir
era predecible. Podíamos fingir entre copas de Merlot o cualquier embuste que
aminorara la vida cotidiana en un bocado de cinismo. Y ahora andas por la
ciudad de la mano de las tragedias. Lloras en el hombro del vecino y te burlas
de sus tapetes de terciopelo negro. "Siempre le gusté", me decías,
buscando un gesto en mí, uno que pudieras usar en conversaciones futuras con
este muchacho. ¿Cómo se llamaba? Ricardo. "Ricardo, tú bien sabes que
siempre le gusté". Llorando borlas de pelusa por los tapetes de terciopelo
negro. Estallando en culpas sobre el piso alfombrado donde descansabas
plenamente para volver cansada a casa.
Así
te vi muchas veces: cansada. Nunca fuimos nada y la sombra del no eterno se nos subía a la cabeza como
migraña, como la capucha del verdugo que lastima incluso cuando se le ha
guardado en algún cajón; dejando atrás tus ojos secos de lágrimas para no tener
que regalar una mirada que luego reclamarías como uno más de nuestros
accidentes y reconciliaciones carentes de culpa. Y así anduvimos siempre por
las calles, saludando gente, descubriendo caminos, tomados de la mano como si
nada pasara; sujetos a nuestra piel como se sostiene una exhausta bandera de
paz justo antes de iniciar otra guerra. Y lo disfrutabas, ¿cómo no? Si aún sé
cuando sonríes por placer. Aún distingo ese tono noble y apaciguado por mi
espalda, cuando brincas y te cuelgas de mi cuello y me pides descansar.
Descansar acaso por el suelo frío esta vez y cansarnos juntos de tantas
desgracias fabricadas.
Ahí
estás, en el mismo lugar de siempre. Y extraño el rojo de tu rostro de cuando
fingía cualquier negocio por tu puerta y entraba para andar por tus rincones,
por ese rostro lleno de inercia de las noches anteriores y sus días. El
preámbulo de una diaria sorpresa que sabíamos esperar con ansias. Llevas una
nueva pintura en tus manos. Es hermosa. Es verdaderamente hermosa. Quisiera que
la hubiera hecho alguien más: desgastada, infatigablemente intrascendente; no
tú, de ninguna manera. No me atrevo a decirlo pero es hermosa. A veces no sé
siquiera si lo entiendes: el poder que da el crear algo superior, lleno de
fuerza y de vigor; el poder crear algo que vence la mirada para guardarla en
los bolsillos por un rato y tener que superar una sorpresa así a solas, cuando
no hay nada más que hablar. No sé si sepas de esa fuerza, ojalá no, no podría
lidiar con tanta astucia; no la de tu mirada a sabiendas de lo que has logrado
en mí una vez más.
"Siempre le gusté, Ricardo, siempre, desde que éramos
pequeños y se sonrojaba al entrar a la tienda, a fingir que tenía todo el mundo
para estar y lo nuestro era sólo una fugaz coincidencia quebradiza y tibia que
se iría con el ruido acartonado de una vieja nota de partida y sin embargo,
siempre iba; a visitarme, a pedirme que nos perdiéramos de la mano por la
ciudad una vez más. Desde siempre, siempre le gusté".
No
lloraré esta vez. Me voy. Me voy lejos. Dejo una lágrima, una nada más, para mí. Para sentir que
me voy escuchando un sollozo a mis espaldas.
Comentarios
Publicar un comentario