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La Paz de la lluvia


Será que no sucedía muy seguido, no en la Paz, el clima desértico no es como el de aquí, allá las lluvias escaseaban y no se sentía como si se fuera a acabar el mundo con cada estallido de luz, con cada estruendo lleno de rencor, como si Dios estuviera enojado con nosotros por nuestra falta de cultura. Será que era un niño y no recuerdo con claridad, pero las lluvias eran apacibles, casi aburridas, como si el señor solo mojara los labios de un pobre incauto perdido entre las dunas. El suelo pedía más, pero la lluvia acababa tan pronto empezaba, y nosotros nos sentábamos en el apretado pasillo que daba al patio a observar. No había mucho ahí: algunas bardas no terminadas, unas cuantas casas, los árboles verde pálido de ramas espinosas y nuestros vecinos; niños como nosotros, atrapando las gotas con la boca abierta y los ojos apretados, girando con la frente hacia el cielo, agradecidos de un milagro más. Quizá en esos días mi madre decidía no cocinar y nos preparaba sándwiches de jamón para pasar la velada; quizá esto ocurrió solamente una vez, y es la que nunca he podido olvidar; pero podría jurar que ahí estábamos los tres o los cuatro, quizá hasta los cinco, hipnotizados por el murmullo de las aguas tamborileando contra las cosas, casi aburridos, sentados en el suelo, pidiendo más, sedientos como la tierra desértica de aquellos rumbos, deshidratados por la falta de más momentos como ése; cuando la vida no podría haberse tratado de nada más.

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