Será que no sucedía muy seguido,
no en la Paz, el clima desértico no es como el de aquí, allá las lluvias
escaseaban y no se sentía como si se fuera a acabar el mundo con cada estallido
de luz, con cada estruendo lleno de rencor, como si Dios estuviera enojado con
nosotros por nuestra falta de cultura. Será que era un niño y no recuerdo con
claridad, pero las lluvias eran apacibles, casi aburridas, como si el señor
solo mojara los labios de un pobre incauto perdido entre las dunas. El suelo
pedía más, pero la lluvia acababa tan pronto empezaba, y nosotros nos
sentábamos en el apretado pasillo que daba al patio a observar. No había mucho
ahí: algunas bardas no terminadas, unas cuantas casas, los árboles verde pálido
de ramas espinosas y nuestros vecinos; niños como nosotros, atrapando las gotas
con la boca abierta y los ojos apretados, girando con la frente hacia el cielo,
agradecidos de un milagro más. Quizá en esos días mi madre decidía no cocinar y
nos preparaba sándwiches de jamón para pasar la velada; quizá esto ocurrió
solamente una vez, y es la que nunca he podido olvidar; pero podría jurar que ahí
estábamos los tres o los cuatro, quizá hasta los cinco, hipnotizados por el
murmullo de las aguas tamborileando contra las cosas, casi aburridos, sentados
en el suelo, pidiendo más, sedientos como la tierra desértica de aquellos
rumbos, deshidratados por la falta de más momentos como ése; cuando la vida no
podría haberse tratado de nada más.
Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...
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