Si no fuera por las arrugas hace
mucho tiempo que habría dejado de envejecer. Si no fuera por una que otra cana
y un dolor de espalda crónico al despertar o por los huesos que truenan al intentar
correr o ponerlos en posiciones que antes me eran habituales. Si no fuera porque
ahora me duermo temprano y no me quiero levantar pero lo hago siempre puntual
para irme al trabajo, o porque estoy endeudado hasta el cuello con cosas que de
hecho me sirven para vivir más cómodamente y no sólo obedecen a las órdenes de
mis entrañas o porque ahora los jóvenes en sus veintes me dicen señor y las
muchachas que me cierran el ojo suelen tener igual número de hijos que de
divorcios o porque mi sobrino se sorprende cuando descubre que de hecho sí sé
jugar videojuegos tan bien o mejor que él y que mi Afore tiene más dinero del
que debo en el banco. Si no fuera porque ahora tengo pocos amigos y hablamos de
cosas que sucedieron hace veinte años como si fueran de ayer o porque me he
enamorado más veces que chavita de secundaria y que cada una de esas veces
tienen un aroma distinto y han dejado algo verdaderamente palpable en mi vida o
porque las enfermedades aparecen sin previo aviso y sin necesidad de haberme
excedido en algo que yo recuerde y debo ir a chequeos regulares con el doctor;
si no fuera porque ya tengo más anécdotas que pendientes y más sonrisas que dramas
fatalistas… si no fuera por eso, yo seguiría siendo el mismo joven rozagante de
siempre que todas las mañanas veo en el espejo.
Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...
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