Osado el que conquista, el que
persigue un sueño más grande que sí mismo y crece con él para lograr su anhelo…
pero también osado el que sueña con algo más pequeño, más íntimo, y lo honra
con la constancia de su trabajo, su responsabilidad, su ética y pasión, con
todo su amor. Ésos que saben bien que no todos nacimos para ser héroes de las
masas, sino acaso de unos cuantos niños y un ser amado. Osados ellos, que no
esperan fiestas ni laureles de oro, y les basta un abrazo, un beso de buenas
noches para al otro día volver a empezar… un buenos días, un hasta luego, y
merienda en mano, felices a trabajar.
Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...
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