Lo vi venir desde
que volteó para decirme algo de unos perros. No la escuché bien. Yo venía
concentrado en la pila de arena y grava que estaba más adelante. Era una duna
como de unos treinta metros a lo largo de la carretera, pegada a la guarnición.
Entonces, justo antes de llegar a ella, que voltea la cabeza hacia atrás y me
dice lo que me dijo. Yo sé que aún le cuesta voltear así, que pierde un poco el
equilibrio y por eso pensé que era el peor momento para hacerlo. Cuando regresó
la mirada hacia adelante, ya se hundía la llanta delantera en esa trampa.
Zigzagueó por un instante y tuve una pequeña esperanza, recuperó el control,
pero luego llegó a la parte más pesada del obstáculo y el manubrio se le volteó
para la izquierda. Solo vi que empezó a caer lentamente, dobló la pierna y
clavó la rodilla izquierda en el pavimento. Con eso tenía para asustarme, pero
su cuerpo siguió con la inercia y salió disparado hacia adelante, pues la
bicicleta se había atascado detrás. Cayó de bruces. Amortiguó la caída con el
pecho y el casco. Las manos estaban muy debajo para ayudar. Me detuve adelante
y fui hasta ella. Estaba bañada en polvo. Sus mallas se habían roto en la parte
de la rodilla y tenía un poco de sangre pero intentaba sonreír. Le di un beso
que no devolvió por el shock del que aún no salía. Empezó a sentir los dolores
y soltó un quejido, luego un lamento y contó los granitos de tierra por su cuerpo.
Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí. Revisamos su rodilla. Habíamos
visto peores y eso la tranquilizó un poco. Volteamos al camino. Faltaba rato
para llegar a casa. Nos preguntábamos sin hablar si íbamos a hacer el camino de
vuelta caminando. Pasaron unos cuantos que preguntaron si estaba bien. Les
mentimos y siguieron adelante aliviados. Estiré mi brazo y se tomó de mi mano.
Se levantó de un golpe, pusimos la cadena en la estrella y nos echamos a andar
a pie. Luego, valiente como siempre, se subió de nuevo a la bicicleta.
Yo
tuve la culpa. Yo la invité a andar en bicicleta y me dijo que sí. Me dijo que
sí muchas veces después de eso. Aunque la haga madrugar, pues pronto se le
olvida el sacrificio y sonríe, más de ida que de regreso, pero sonríe. Espero
no le tenga miedo a subirse de nuevo. Aunque siendo ella, no lo creo. Solo le
falta aprender a voltear para atrás y cuidarse de las dunas, le digo ya casi
llegando a casa. Le digo eso y que la amo. Cómo no la voy a amar.
Carolina Naim Akury.
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