Voy de regreso a casa desde los rumbos de Jotagua
cuando veo que poco a poco me alcanzan un par de ciclistas. Hay muchos de esos
por aquí, pero estos son de los serios porque vienen mucho más descansados y más
equipados que yo. No batallan mucho para rebasarme y al pasar, uno de ellos, el
de la bicicleta más cara que mi auto, se me queda viendo y luego sorprendido
vuelve a voltear. Avanza unos metros más y convencido de una duda, ve de nuevo
hacia atrás. Entonces baja la velocidad, se empareja a mi paso y me pregunta:
"¿Eres o te pareces?" Yo, acostumbrado a estos encuentros de
rancherías y caminos viejos, le contesto ya sin oxígeno en el cerebro que no
soy. Y es que la verdad nunca soy, nunca he sido. Será que un ciclista muy
famoso anda por ahí, cargando con mi apariencia, confundiendo a todo mundo
sobre si es uno o es el otro. Luego, sin quitar el dedo del renglón, me
pregunta: "¿Cómo te llamas?". Me cala el sudor en los ojos y sin
muchos ánimos de levantar la mirada le digo mi nombre, convencido de que con
eso se va a quedar contento y se va a perder en la distancia diez kilómetros
por hora más rápido que yo, como los ciclistas de verdad acostumbran. Pero
entonces me contesta: "Cabrón, soy tu primo, Guillermo Romo, ¿ya no me
conoces?". Y pues sí, es mi primo y claro que lo conozco, si él y Sergio
eran los hombres de la casa cuando no quedaba nadie más que los sobrinos o los
nietos y sus aventuras de cuando éramos más chicos aún son legendarias. De
aquellos tiempos en que todos nos conocíamos por nuestros apodos o diminutivos
y a él le tocó ser El Forín, una de
las personas favoritas de siempre de mi difunto padre, de mi madre y de su
servidor.
Que si no le voy a conocer.
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