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No recuerdo la primera vez

 

            No recuerdo la primera vez, pero recuerdo una vez. Estabas perfecta en tu vestido de noche y yo que no podía creer que la voz que escuchaba era la tuya. Me decías algo acerca de tu disfraz de Halloween y cuando al fin entendí que estabas hablando conmigo, supe sin duda de tu inmensa pasión por las cosas. Debió ser épico, pensé, tenía que serlo ahora que imaginaba que todo en tu vida iba guiado por la misma fuerza con que sostenías tu mirada en la mía; eras sin duda divina, pero yo era distinto en aquel entonces, más callado y torpe, y cuando quise decir algo, perdimos el hilo y la charla se detuvo para después.

            Me sucede a menudo, pensé, pero no tenía que sucederme contigo, no ahora que el universo me decía que no eras cosa qué olvidar.

Tomó tiempo descifrarte. Compartíamos momentos y algunas filosofías y yo me entretenía viendo cómo se arremolinaban un sinfín de ideas en tu pecho que luego soltabas con el mismo entusiasmo con el que siempre nos contabas de tu vida. Fue toda una aventura conocerte y debo confesar que en varias ocasiones nos quedamos hablando de ti mucho tiempo después de que te habías marchado, discutiendo si habías dicho, si habías pensado, y sobre todo con esa divertida rutina de pareja que apenas descubrías. Eras fácil de pensar.

            Pero luego te apagabas. No podías ocultarlo si acaso algo te ocurría y aunque conocía tus maneras, nunca encontré aquella que te hacía volver de doquiera que estuvieras. Y es que cuando esa pasión que llevas dentro te habla, no logras ignorarla y sus charlas pueden durar horas, por más que intentas recordarnos que sigues aquí con esa sonrisa melancólica de tu tristeza.

            Y ahora te vas.

            No me atrevo a imaginar por lo que has pasado, lo que has tenido que superar, si habrán escuchado tus súplicas o cuánto te cuesta respirar. No lo sé. Solo sé que atrás dejas mucho más que tus recuerdos, las anécdotas y nuestras alegrías juntos; todo aquello por lo que ahora te doy las gracias en una agridulce despedida. Sabía que iba a ser así, aunque confieso que no lo había entendido. No entendí que iba a suceder de la misma manera en que suceden todas las últimas veces: Sin un abrazo, sin un adiós, sin una lágrima, como si de pronto hasta la vida misma perdiera el hilo de las cosas y aquella charla que un día se detuvo, no lo sea nunca más.

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