En un pintoresco pueblito lleno de vivos colores y
voces estrepitosas vivía un hombre llamado Humberto Gris.
Humberto vivía en una casa gris muy al fondo de la
avenida Arcoíris. Su auto era gris, su ropa era gris, incluso su pequeña
perrita Caliza, era de un suave gris
platinado. Sus muebles eran grises, sus cortinas, platos, toallas, todo era
gris, e incluso su piel era del color de la penumbra que lo cubre todo justo
antes de llover.
Para la gente más colorida, el señor Gris era
extraño, pues mientras ellos vestían de manera estridente con trajes rojos,
vestidos naranja, sombreros escandalosos, bufandas chillonas o pintaban sus
casas como auténticas cajitas llenas de dulces, hablaban siempre con signos de
exclamación, gritaban, se reían a carcajadas -no por descortesía, sino porque
así sentían la vida y hacerlo así los llenaba de alegría-, el señor Gris sonreía
con calma, asentía con la cabeza cuando se encontraba con alguien en el
supermercado o saludaba con una mano en el aire a sus vecinos mientras regaba
las plantas.
Sin embargo, Humberto nunca juzgaba ni se alejaba
del mundo por su tono abigarrado y solo sentía que esa no era su personalidad.
Humberto Gris era apacible; como las aguas tranquilas del lago, como las nubes
ligeras de primavera, como un mullido sillón, una chimenea encendida y una taza
de café en la mesita de al lado; era el silencio después de una larga y
conmovedora canción… y eso se sentía suficiente.
Aún así, la gente asumía que debía estar triste.
“Es que es tan…callado”, murmuraban al verlo pasar, como si su silencio fuera
síntoma inequívoco de su malestar. “Y tanto gris. Pobre hombre”.
Pero eso a Humberto no le importaba y nunca se
sintió mal ni pensó que era algo que tuviera que atender algún doctor. Se
preparaba un té con placer infinito y se sentaba con Caliza junto a la ventana para atrapar los rayos de luz que se
colaban a través de las nubes llenas de agua. Leía muchos libros que nadie
parecía conocer y mucho menos comentaba y en ellos descubrió universos enteros
que le habría gustado conocer. Tarareaba canciones mientras pintaba hermosos
paisajes grises de invierno, cavernas, cielos tormentosos, con increíbles
matices de color humo y plata, en maneras que nadie antes conoció.
Un día, una vecina llamada Clara a quien le gustaba
vestirse en los colores de las nieves de garrafa del puesto junto al parque, le
llevó unas galletas. “¡Hola!”, dijo, sin dejar de notar el largo pasillo gris y
oscuro detrás de su vecino. “Pensé que podrían gustarte”. Humberto tomó la
cajita de regalo en sus manos y le agradeció con un suave gracias y un atento
asentir de cabeza. Él la invitó a compartirlas junto a la chimenea y pronto la
casa se llenó del cálido aroma a té con un toque de canela.
“Tu casa no tiene ningún color”, dijo Clara sin
pensarlo mucho y luego se hundió en hombros. “Lo siento. Quise decir… es tan
diferente”.
“Es reconfortante”, dijo Humberto. “El gris no pide
mucho de mí. Me escucha”.
Clara vio en derredor y a medida que Humberto le
contaba de todos los distintos matices de gris que pintaban su casa, empezó a
sentirse distinta. Por primera vez el gris no le parecía aburrido como siempre
creyó. Se sentía tranquilo. Como si todo en la habitación hubiera encontrado su
lugar perfecto para estar.
Pasaron los días y las visitas de clara se hicieron
un poco más frecuentes y poco a poco, debido a las charlas de Clara acerca de
las diversas posibilidades del color gris, personas de la iglesia, del trabajo,
del supermercado, empezaron a sentir curiosidad por esa casa del final de la
avenida Arcoíris. Un día, un jovencito de cabellos verde neón se sujetó de la
verja gris de la casa de Humberto y se sentó en calma después de mucho tiempo
solo para acariciar el césped cenizo que llenaba el jardín. Otro día, una
pareja conocida por sus acaloradas discusiones en el balcón, se subió a la
azotea de su casa para ver aquella casa gris en calma y tomados de la mano.
Pronto sus vecinos empezaron a pedir permiso para sentarse en unas cuantas
sillas de madera gris que Humberto acomodaba en su jardín y llevaban bebidas
heladas que compartían bajo una sombrilla enorme y gris que los acomodaba bajo
su sombra.
Empezaron a entender que a Humberto no le faltaba
color y simplemente había escogido una tonalidad un poquito más sutil.
Con el tiempo algunas de las casas más
extravagantes y brillantes del pueblo estrenaron cortinas o verjas grises.
Algunas de las voces más potentes empezaron a saborear el silencio. La gente
empezó a pintar algunas habitaciones de un color gris casi azulado y
descubrieron que les encantaba y aunque nunca abandonaron su amor por los
colores vibrantes, le hicieron un espacio en sus corazones a un poquito de paz
y tranquilidad.
Humberto hizo muchos amigos nuevos pero por lo
demás, nunca cambió. Saludaba con una sonrisa tranquila y un ligero asentir de
cabeza o levantaba la mano si reconocía a alguien en la distancia. Ya nadie en
el pueblo lo veía con preocupación o lástima y al contrario, verlo les hacía
recordar lo bello que podía ser un momento de calma e introspección.
En lo que respecta a Clara, bueno, dicen que su
boda con Humberto fue una mezcla inolvidable de fiesta, colores y fuertes
abrazos de apreciación y cuando nació su primer niño, tenía los cabellos rubios
de su madre y los ojos quietos, profundos y grises de su papá.
Humberto
sonrió al conocerlo, como siempre, solo un poco y una lágrima por su mejilla
escurrió.
La vida continua como siempre en el pueblo, no
mucho más ruidosa, no mucho más callada, ni más brillante ni más opaca, pero de
alguna manera, más feliz.
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