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Hasta siempre, mamá

Esta noche no puedo dormir, mamá. Es la primera vez que me voy a la cama sin sentir que me cuidas el sueño, aunque estemos lejos, velándolo con tu amor inagotable, ese amor que no distinguía entre tu sangre o los amigos, porque para ti, familia era todo aquello que hacía latir tu corazón.

Jamás imaginé que estos días serían los últimos en que te vería sonreír. Estabas tan viva, tan entera, tan dispuesta a llegar a los cien años, que cuando propusiste que Emma durmiera en tu casa este miércoles me pareció un hermoso gesto más de los miles que regalas desde que eres abuela. Esa tarde, como acostumbras, cocinaste para Carolina, para Emma y para mí, y lo extraordinario del encuentro fue precisamente la rutina: simplemente estar juntos con la firme convicción de que ninguno de nosotros deseaba estar en otro lugar.

Esa noche nos despediste como siempre, desde la banqueta de tu casa, con una mano en lo alto, con la certeza tranquila de que habría un mañana. Y luego empezaron a llegar las fotos, los videos que me enviabas con la inmensa alegría de tener a tu nieta poniendo tu casa de cabeza con un sinfín de pequeños desastres inofensivos.

Al día siguiente, en el Día del Abuelo, llegamos a tu casa con un pastel para celebrar. Tomamos fotos, grabamos videos, y tú estabas feliz, radiante, completa junto a Emma. Esa noche de nuevo nos despedimos, con la ingenua confianza de que nos esperaban muchos años más de esta costumbre, sencilla y eterna, de volver a vernos.

Y hoy, tan súbitamente, ya no estás. Te has ido al cielo sin aviso, sin que nadie lo pudiera imaginar, y me encuentro perdido entre un dolor que no sé cómo contener.

Quisiera gritar, quisiera llorar, maldecir al cielo por haberte arrancado de mi lado tan pronto, pues sesenta y nueve años se sienten apenas un suspiro cuando alguien brilla con la intensidad con que tú habitabas la vida.

Pero después de algunas horas de rabia y una impotencia que me tiene de rodillas, al final de todo me siento agradecido: agradecido por la felicidad que sembraste en mí, por los cuarenta y cinco años de lecciones, de ternura y fuerza que me regalaste como si fueran lo más natural del mundo.

No me olvides, por favor, nunca me olvides: ni a mí, ni a tus amigos, ni a tu familia, ni a la nieta que apenas empezabas a ver crecer. Cuídame, guíame, protégeme, que hoy te necesito más que nunca, como cuando era un niño indefenso que no podría sobrevivir un día sin tu aliento.

Pero por sobre todo, gracias, mami. Gracias por darme la vida, por cuidarnos el paso hasta que supiste que estábamos en buenas manos, que habíamos encontrado, por esa misma magia que conjuraste, la manera de ser felices.

Te amo, te amo con un amor que no conoce medida. Te amo por tu fuerza, por tu temple, por ese corazón que lo dio todo hasta su último latido.

Te amo hoy, te amaré mañana, te amaré dentro de millones y millones de años, cuando este universo se vuelva polvo y en ese polvo, donde se mezclan todas las historias, todas las almas luminosas como la tuya, encuentre de nuevo la fuerza para en un estallido divino volver a empezar.


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