Ir al contenido principal

Te extraño, mamá

Te extraño en el desayuno porque siempre me dabas mil opciones  y al final preparabas mi favorita;  porque ese omelette con verduras era una maravilla que no te cansabas de compartir.

 Te extraño cuando me voy a trabajar porque me enseñaste tu manera de andar por el mundo de cumplir sin quejarse, de hacer bien las cosas aunque nadie nos vea, de buscar ser siempre un poco mejor.

 Te extraño cuando vuelvo a casa, porque antes bastaba una llamada, una simple pregunta de: “¿estás en casa?”, y ya sabías que iría a verte, y empezabas a planear junto a mí el resto de tu día.

 Te extraño en la comida porque sentarnos juntos a la mesa era sagrado, aunque estuviéramos lejos, aunque fuera difícil, porque era tu forma de decir: estamos juntos, seguimos aquí, porque somos familia.

 Te extraño en las tardes con mi esposa porque contigo aprendí a ser quien soy, con mis virtudes y mis defectos, porque aunque en ocasiones me equivoco, tú siempre me amabas igual.

 Te extraño en la cena por todas esas noches de cuando el mundo entero dormía y nosotros seguíamos ahí, en nuestra soledad compartida, en un silencio profundo que nos dejaba charlar sin pedir nada a cambio.

 Te extraño al irme a dormir porque me enseñaste a decir buenas noches como quien deja encendida una luz al partir  y cuando cierro los ojos te miro ahí, con la mano levantada, diciéndome hasta mañana.

 Extraño nuestras tardes de café, extraño tu voz, extraño tu mirada,  extraño tu risa desbordada. Extraño ser tu hijo y poder volver a ti cuando más te necesito. Te extraño en cada hora que pasa, en cada minuto que no te nombra,  en cada segundo en que el mundo gira sin ti. Te extraño por lo que fuiste, por lo que eres  y por lo que serás cuando del mundo no quede nada. Te extraño por el amor y por el dolor que ahora nos dejas. Te extraño con cada lágrima…

 Pero te extraño también porque nunca dejé de hacerlo. Porque cuando pienso en ti, pienso en Carolina, en Emma y sus abuelos, en mis hermanos, en mi sobrino y mi padre, y con ellos recuerdo que siempre tuve una casa, una familia, una vida que parecía simple, y que ahora entiendo que era un milagro; uno de esos de verdad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Se vuelve infinita

  Cuando era pequeño mi madre me llevaba de hospital en hospital buscando un nombre para mis constantes dolores de cabeza. Recuerdo el olor a medicina y pisos mal trapeados; a humedad. Ahí siempre había niños con hidrocefalia. Sus cráneos inflamados reflejaban una visión distorsionada de mi propio mal; como si mi cuerpo entero perdiera valor con cada visita; y ahora soy yo quien la espera en un pasillo muy blanco y lleno de voces, en espera de una noticia que no deseo escuchar. Observo los rostros a mi alrededor: algunos ríen con esperanza, otros lloran en desconsuelo. Llegamos aquí desde orígenes distintos, pero por un instante convergemos en este nudo que oprime el tiempo entre partos, consultas de rutina y una angustia trágica. Yo solo deseo saber si mi madre sobrevivirá la noche. Hoy es lunes y mi madre está muriendo. Está perdiendo sangre. Los doctores le piden cuatro días para estabilizarla. Su corazón se debilita a cada segundo y la única esperanza es una cirugía que no ...

Mientras respire

               Es un día tranquilo. Un domingo más en el que no pasa nada. O eso me digo. Hay algo en la forma en que despierto que no se siente como empezar. No es lunes y hace mucho tiempo que no es sábado. Es esto. Siempre esto. La misma luz que baña la sala, el mismo silencio que les precede, las mismas ganas de hacer algo distinto que no pasará. Todo vuelve. Yo no. Mi esposa y mi hija siguen dormidas. Yo suelo despertar a las siete. A las ocho me urge ponerme en pie. Ahora estoy en mi lugar favorito. Le pedí permiso a mi esposa para instalarme en un rincón de la casa. Frente a la TV y los juegos de mi niña. Para tener un lugar propio donde estar cuando nada más sucede. Como ahora. Quisiera despertarlas. Invitarlas a salir. Ir a Altata. A Mazatlán. Pero sé que Carolina dirá que no. Me hizo prometer que el domingo no haríamos nada. Solo descansar. Lavar un poco. Quisiera que mi madre estuviera aquí. En la vida. En este plano. Ahora ...

Entre las rendijas del tiempo

Después de una terrible inundación que había devastado su colonia, Carolina y Alberto buscaron refugio en la casa de los abuelos. La enorme casa de la familia estaba vacía desde que los hijos y los hijos de los hijos se fueron y los muertos ocuparon su lugar entre sus ancestros, y solo unos cuartos en medio del jardín servían su propósito. Los abuelos los recibieron con gusto, más aún porque con ellos iba Emma, una hermosa niña de cabellos ensortijados y mirada despierta que desde el primer día se echó a andar por todos los rincones de la casa. Emma era curiosa y valiente. Le gustaba andar por los pasillos largos, por las escaleras que crujían bajo su peso, pisando suavemente sobre la punta de sus pies, abriendo puertas y cajones, siempre acompañada de sus padres o con el abuelo, que parecía no conocer el cansancio, y pronto no quedó rincón alguno que no conociera, o al menos, eso creían hasta aquel día en que la niña, siguiendo una pista invisible, entró en el viejo estudio. Su ...