Te extraño en el desayuno porque siempre me dabas mil opciones y al final preparabas mi favorita; porque ese omelette con verduras era una maravilla que no te cansabas de compartir. Te extraño cuando me voy a trabajar porque me enseñaste tu manera de andar por el mundo de cumplir sin quejarse, de hacer bien las cosas aunque nadie nos vea, de buscar ser siempre un poco mejor. Te extraño cuando vuelvo a casa, porque antes bastaba una llamada, una simple pregunta de: “¿estás en casa?”, y ya sabías que iría a verte, y empezabas a planear junto a mí el resto de tu día. Te extraño en la comida porque sentarnos juntos a la mesa era sagrado, aunque estuviéramos lejos, aunque fuera difícil, porque era tu forma de decir: estamos juntos, seguimos aquí, porque somos familia. Te extraño en las tardes con mi esposa porque contigo aprendí a ser quien soy, con mis virtudes y mis defectos, porque aunque en ocasiones me equivoco, tú siempre me amabas igual. ...
Ideas de un adulto promedio.